Educación para la vida Obdulia Luna Ávila
Introducción
La inteligencia emocional docente en el aula representa un elemento fundamental para favorecer el aprendizaje y la convivencia escolar. Un maestro con habilidades para reconocer, comprender y regular sus emociones, así como para empatizar con las de sus alumnos, contribuye a generar un clima positivo que potencia la motivación, la participación y el desarrollo integral de los estudiantes, presentando con mayor facilidad el reconocimiento de los estilos de aprendizaje que presentan.
Entonces, entendemos que la salud emocional docente es igual de importante que la salud emocional de los estudiantes, que ambas se relacionan y funcionan como complemento para lograr ambientes áulicos sanos.
Desarrollo
Pero, ¿Qué es la inteligencia emocional docente?; Según Salovey y Mayer (1990) la inteligencia emocional es la capacidad de percibir, entender, gestionar y usar las emociones propias y reconocer las de los demás. Goleman (2011) la describe como un conjunto de competencias que incluyen conciencia de uno mismo, autorregulación, motivación, empatía y habilidades sociales.
Desde un enfoque más integral Bar- On (2006) señala que la inteligencia emocional/social engloba habilidades emocionales y sociales como reconocer, comprender, expresar emociones propias y ajenas, regular las emociones, resolver problemas interpersonales, y generar afecto positivo y automotivación. Esto quiere decir que todos los autores coinciden en que se trata de la habilidad de reconocer y manejar nuestras emociones y de entender cómo se sienten los demás.
Pero para un maestro, esto significa saber mantener la calma ante situaciones difíciles, resolver conflictos de manera justa y fomentar un clima de respeto y colaboración, anticipando posibles reacciones conductuales en los alumnos y de la misma manera pensando en posibles respuestas a estas reacciones, pero no solo de los alumnos, sino, también de los padres de familia, de los directivos y de los propios colectivos docentes en los que se desenvuelve, la tarea no es fácil, pero si iniciamos dignificando esta labor noble de la docencia, estaremos por buen camino.
Un docente emocionalmente inteligente genera un aula donde los estudiantes se sienten escuchados y comprendidos, lo que reduce la ansiedad y aumenta la confianza, la participación y el interés por aprender. Además, promueve relaciones sanas entre compañeros, fortaleciendo la cooperación y el respeto mutuo.
Un aula
con un ambiente positivo no solo mejora el aprendizaje académico, sino que
también favorece la autoestima, la resiliencia y las habilidades sociales de
los alumnos. Se convierte en un espacio inclusivo que da cabida a todos y cada
uno de los estudiantes con sus altibajos y se define como un lugar donde todos se sienten valorados y motivados.
La
relación entre el conocimiento de los estilos de aprendizaje y la inteligencia
emocional radica en que ambas dimensiones apuntan a un mismo objetivo: el
bienestar y el éxito académico del alumno. Un profesor que reconoce que
cada estudiante aprende de manera distinta y que, además, regula sus emociones
frente a la frustración, la presión o la diversidad de ritmos, se convierte en
un mediador más efectivo del aprendizaje. Mayer y Salovey (1997) afirman que la
inteligencia emocional implica también la capacidad de adaptarse a diferentes
contextos, lo cual en el ámbito educativo se traduce en ajustar las estrategias
de enseñanza según las características de cada grupo.
Los
estilos de aprendizaje se entienden como las preferencias individuales en la
forma de recibir, procesar y retener la información. De acuerdo con Kolb
(1984), cada persona desarrolla un estilo propio que surge de la interacción
entre sus experiencias, percepciones y formas de procesar la realidad.
No
obstante, conocer los estilos de aprendizaje no basta; es igualmente crucial la
manera en que el docente maneja sus propias emociones en la interacción
educativa y es aquí donde entra en juego la inteligencia emocional docente, ya
que debe integrar su inteligencia emocional con el conocimiento de los estilos
de aprendizaje de todos y cada uno de sus alumnos y como se mencionó con antelación, es la vía para el diseño e implementación de los PDA.
En conclusión,
conocer los estilos de aprendizaje permite al docente diseñar experiencias
educativas personalizadas, mientras que la inteligencia emocional le da las
herramientas para gestionar eficazmente sus emociones y las de sus alumnos.
La
combinación de ambos factores potencia el aprendizaje significativo y
contribuye a la formación integral, no solo académica, sino también emocional. De
este modo, la empatía y la sensibilidad del profesor ante las diferencias
individuales no solo favorecen el rendimiento académico, sino que también
fortalecen el sentido de pertenencia y de identidad de los estudiantes.
Referencias
Bibliográficas
- Goleman, D. (2011). Inteligencia
emocional: La teoría revolucionaria que redefine lo que significa tener éxito.
México: Kairós.
- Alonso, C. M., Gallego, D. J.,
& Honey, P. (1994). Los estilos de aprendizaje: Procedimientos de
diagnóstico y mejora. Mensajero.
- Bisquerra, R. (2000). Educación emocional y bienestar. Praxis.
- Gardner, H. (1987). Arte, Mente y
Cerebro. Buenos Aires: Paidós.
- (2000). La educación de la mente
y el conocimiento de las disciplinas: Lo que todo estudiante debería aprender. Barcelona:
Paidós.
- Kolb, D. A. (1984). Experiential
learning: Experience as the source of learning and development. Prentice
Hall.
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