Alvaro_Rodríguez_Activ.2_Unidad 2
Tema:
El impacto del ambiente emocional en el aprendizaje escolar
Título: Hoy, más que formar para el
trabajo, hay que formar para la vida.
Introducción
El aprendizaje escolar no puede verse
solo como un acto meramente técnico-profesional, las tensiones sociales exigen
que sus principales actores (docentes y directivos) reconozcan que sus alumnos
y alumnas para enfrentar los retos personales, sociales y laborales cotidianos,
necesitan de contar no solo con saberes, capacidades y desempeños
profesionales, sino también, contar con habilidades emocionales, herramientas
que le permitan lidiar con sus dificultades, enfrentarlas y salir avante. Pues
en un mundo vertiginosamente cambiante, se requieren seres humanos altamente
adaptables (Fernández & Extremera,
2005).
El saber quiénes son nuestros alumnos,
nos da la oportunidad de crear constructos de atención formativa. Bajo está
tesis, la teoría de Abraham Maslow que clasifica
las necesidades humanas en una jerarquía ascendente (Elizalde, Martí, &
Martínez, 2006): fisiológicas, seguridad, amor y pertenencia, estima y autorrealización
o metanecesidades, nos da la oportunidad como docentes y/o directivos de ubicar
cuáles son las necesidades e intereses de los alumnos; de tal forma que en la
conjugación de varias de ellas podemos tener un acercamiento a interpretar ¿cómo
podemos hacer de nuestra labor formativa, una acción de mayor impacto? pues al diseñar
y ejercer estrategias de aprendizaje más acordes a las necesidades de nuestros
estudiantes, tenemos la oportunidad de diseñar procesos de aprendizaje más
significativos; ya que, de la manera en la que las y los alumnos aprenden
(perciben, procesan, integran y recuerdan una información) es fundamental para
entender su contexto y con ello, su realidad.
Por lo cual, el reconocer las
necesidades humanas con los estilos de aprendizaje (Fortoul, Varela, Ávila, López
& Nieto, 2006) de nuestros estudiantes, nos permite diseñar y realizar
procesos de enseñanza-aprendizaje más acordes a sus habilidades y destrezas;
así como, el que ellos mismos conozcan su propio estilo de aprendizaje, les
ayuda a mejorar su capacidad para aprender, ya que permite que ellos y ellas
controlen, dirijan y marquen los tiempos de su proceso de estudio.
Procesos en los cuales, en ocasiones
las y los estudiantes se implican plenamente en nuevas experiencias y se
centran en las actividades con entusiasmo; son animadores, improvisadores,
arriesgados y espontáneos (activo); analizan detenidamente antes de llegar a
una conclusión y consideran las experiencias desde diferentes perspectivas
(reflexivo); adaptan e integran sus observaciones en teorías lógicas y
complejas. Son metódicos, lógicos, objetivos, críticos y estructurados
(teóricos) o se centra en la experimentación activa y la búsqueda de
aplicaciones prácticas (Pragmático) (Domínguez,
Gutiérrez, Llontop, Villalobos & Delva, 2015); estilos de aprendizaje que
dan la pauta a diseñar y posteriormente aplicar estrategias de aprendizaje más
contextualizadas, interesantes y dinámicas.
Frente a los vertiginosos cambios
económicos y sociales, generados por lo que algunos llaman la cuarta revolución
industrial como resultado de los avances tecnológicos y la inteligencia
artificial (Mejía-Jiménez, 2023) la sociedad en su dinamismo y transformación
rápidamente está sufriendo cambios de época, lo que la lleva a cambiar
aceleradamente de cultura, de necesidades e intereses; siendo en este contexto,
donde los últimos estudios sobre el aprendizaje nos llevan a reconocer que hoy
las y los estudiantes no requieren solo aprender a aprender y aprender a hacer
(UNESCO, 1996), hoy más que nunca demandan el desarrollo de habilidades
emocionales y sociales (Fernández & Extremera, 2005).
Es en este contexto, donde la escuela
no debe estar ocupada solo en desarrollar procesos cognitivos y habilidades
técnicas y/o laborales, sino también en blindar a sus estudiantes con saberes,
habilidades y ejercicios que les permitan enfrentar los retos que la vida les
va presentando en lo personal, social y laboral, a fin de saber cómo manejar
sus emociones ante cualquier dificultad. Situación que lleva a los docentes y
directivos a ver a sus estudiantes no solo como un actor más de los procesos de
enseñanza-aprendizaje, sino como un “suprasistema” compuesto por una serie de
subsistemas que van desde lo físico, químico, biológico, psicológico, social,
cultural, ético-moral y espiritual (Martínez, 2009) y que, en la atención y
composición de estas dimensiones los alumnos y alumnas van desarrollando su
personalidad. Dimensiones que ante la falta de armonía de alguna de ellas,
puede provocar procesos patológicos de diversa índole (2009), como la ansiedad,
la baja autoestima, el miedo, la indolencia, el desinterés, la apatía, la
depresión; en este sentido, uno de los grandes desafíos de nuestras
instituciones educativas, es preocuparse y ocuparse por generar no sólo una
formación académica de excelencia, sino también de dotar a las y los educandos
de las herramientas necesarias para el manejo de sus emociones; pues muchos de
los problemas a los que se enfrentan las y los estudiantes en su cotidianidad,
no los atienden por la falta de información, sino a la falta de no saber cómo
actuar frente a ellos.
Mayer y Salovey (1997) definen la
Inteligencia Emocional (IE) como “una inteligencia genuina basada en el uso
adaptativo de las emociones y su aplicación al pensamiento”, por lo cual, su
modelo de IE determina la importancia de desarrollar cuatro habilidades básicas:
- Percibir, valorar y expresar emociones con exactitud.
- Acceder y/o generar sentimientos que faciliten el pensamiento.
- Comprender emociones y el conocimiento emocional.
- Regular las emociones para promover un crecimiento emocional e intelectual.
Conclusiones
Un ambiente emocional positivo escolar,
es hablar de una escuela que se preocupa por conocer las necesidades humanas de
sus estudiantes y los estilos de aprendizaje de sus alumnos. Una institución
escolar preocupada por hacer de su labor una función realmente formativa,
humana e integral; una escuela que no solo se preocupa porque sus alumnos
obtengan y fortalezcan sus competencias disciplinares y profesionales, sino
fortalezcan sus valores, sus competencias genéricas y adquieran habilidades emocionales,
pues frente a un cambio de época, se requieren alumnos y alumnas que sean
resilientes, adaptables, flexibles, comprensibles y maduros al aceptar que las
caídas son parte del crecimiento y que el saber qué hacer frente a un
obstáculo, un reto, un miedo, un desafío, la única respuesta es levantarse y
seguir aprendiendo. Pues caerse es parte de la vida, el levantarse, en parte
del crecimiento.
Referencias Bibliográficas
Domínguez Rodríguez, H. D. J., Gutiérrez
Limón, J. A., Llontop Pisfil, M., Villalobos Torres, D., & Delva Exume, J.
C. (2015). Estilos de aprendizaje: un estudio diagnóstico en el centro
universitario de ciencias económico-administrativas de la U de G. Revista de
la Educación Superior, 44(175), 121-140. https://doi.org/10.1016/j.resu.2015.06.006